Música y serpientes voladoras

Los humanos evolucionamos para encontrar patrones. Son muy frecuentes, por ejemplo, los tratados y estudios sobre la relación de la armonía musical con el movimiento de los planetas. A toda esa tradición de pensamiento se la conoce como Armonía de las Esferas. Filósofos, matemáticos, poetas y místicos intentaron entender el Universo a partir de la música.

Probablemente sea acertado decir que la base de la música es la necesidad de conectarnos con el mundo trascendente y entender la naturaleza. De ahí que se especule que los primeros instrumentos musicales de los cuales se tiene registro –empleados en rituales- hayan sido utilizados para imitar los sonidos naturales.

Música y matemáticas. Música y mitología. Música y naturaleza. Música y planetas. Los humanos evolucionamos para encontrar patrones, pero la naturaleza siempre guarda algo para sorprendernos cuando menos lo esperamos.

“Entre las serpientes, hay algunas que están provistas de alas (…) sus alas no están hechas de plumas como las alas de los pájaros, sino más bien son como las alas de los murciélagos” puede leerse en un tratado escrito por el teólogo inglés Charles Owen publicado en 1742. Se llama Un Ensayo Hacia una Historia Natural de las Serpientes. María Popova sitúa ese ensayo en una zona en la que “las aguas primordiales de la superstición empiezan a asentarse sobre la emergente terra cognita de la ciencia.”

En el tratado de Owen hay varias referencias a serpientes voladoras y en esos pasajes no hay prácticamente distinción entre la observación natural y las reflexiones sobre la mitología. Las descripciones de esas serpientes las asemeja a los dragones. Sin embargo, una entrada del tratado se refiere específicamente a una serpiente sin alas a la que también llaman voladora:

“…algunos la llaman voladora por la celeridad de sus movimientos. Para los griegos modernos es Saeta, un dardo; porque vuela como una flecha hasta su presa. Un hombre del ejército de Cato fue asesinado, no por su veneno, sino por la violencia de su golpe: probablemente en la parte lateral de su cráneo.”

“Estas ágiles saltadoras se encuentran en las Indias del Oeste, específicamente en Hispaniola[1], donde hay pequeñas serpientes verdes que cuelgan de las ramas de los árboles con sus colas, y desde ahí saltan hasta sus presas.”

Los humanos evolucionamos para encontrar patrones. Pitágoras quiso entender por qué algunos sonidos le resultaban consonantes y otros disonantes, y descubrió la relación que existe entre la longitud de una cuerda y los tonos que produce. Alternando la longitud de una cuerda gracias a un instrumento llamado monocordio, notó que dividiendo la cuerda exactamente a la mitad obtenía el tono que le resultaba más consonante.

La mitad de la longitud de una cuerda produce un tono con una frecuencia que es exactamente el doble de la frecuencia del tono que produce la cuerda completa. Hoy sabemos, también, que cuando pulsamos una cuerda, el movimiento que produce hace que se arquee en toda su longitud, pero que a la vez esté arqueándose en fracciones más pequeñas –justamente en sus dos mitades, en sus tres tercios, en sus cuatro cuartos, y así, que fueron las fracciones consonantes que siguieron encontrando los pitagóricos. Ese fenómeno se conoce como la serie armónica natural, y produce sobretonos que son menos audibles que la nota fundamental de la cuerda, pero que están ahí cada vez que la tocamos. Música y naturaleza.

Los estudios de los pitagóricos son la base sobre la cual organizamos nuestras escalas musicales y también sobre la que entendemos cómo funciona el sonido, que se propaga a través de ondas, que pueden representarse como cuerdas vibrando. Podríamos decir que cuando vibra una cuerda, vibra con ella toda la música que conocemos. La música griega, base de la técnica para memorizar los cantos y poemas, se fundaba sobre esa serie armónica natural. A la afinación que utilizaban la conocemos como afinación pitagórica.

Las serpientes voladoras no vuelan, pero sí saltan y se deslizan en el aire, como planeando. Lo hacen mejor que cualquier otro animal y pueden alcanzar distancias sorprendentes –se las ha observado viajar hasta cien metros, según el Smithsonian Answer Book.

Cuatro siglos después del tratado de Owen, y veinticinco después de Pitágoras, un equipo de investigadores del Virginia Tech se propuso entender cómo las serpientes voladoras son capaces de deslizarse por el aire y abarcar con sus saltos distancias tan grandes. Para eso marcaron a las serpientes con varios puntos de cinta reflectiva a la luz infrarroja y estudiaron su movimiento durante los saltos con múltiples cámaras. Esto les permitió analizar con precisión los movimientos ondulatorios de la serpiente desde todos los ángulos y con mucha precisión.

Lo que encontraron fue algo que a simple vista nunca habían podido ver. La naturaleza siempre guarda algo para sorprendernos. La serpiente, al saltar del árbol y deslizarse por el aire se movía produciendo simultáneamente dos ondulaciones. La primera –la que todos veían a simple vista- una onda larga de amplitud horizontal, y la segunda una onda más pequeña de amplitud vertical.

La particularidad de los dos movimientos ondulatorios simultáneos de la serpiente es que la onda vertical tiene exactamente el doble de la frecuencia que la onda horizontal. Si aceleráramos esas ondulaciones hasta el punto en el que se convirtieran en frecuencias audibles –la velocidad a la que vibra una cuerda, por ejemplo-, la serpiente estaría emitiendo dos notas idénticas separadas por una octava. Precisamente la primera relación consonante que entonctró Pitágoras cuando dividió la cuerda a la mitad.

La hipótesis de los científicos de Virginia Tech es que lo que ayuda a las serpientes voladoras a planear son esas ondulaciones perfectamente coordinadas que mejoran la estabilidad durante el vuelo.

Los pitagóricos trataban de descubrir la matemática secreta detrás de la armonía de los sonidos, y por siglos la humanidad siguió explorando ese camino de asombro, belleza y especulación conocido como la armonía de las esferas. El Universo debía ser explicado a partir de la música.

A medida que conocemos más acerca de cómo funciona la naturaleza, es posible que encontremos cada vez más diálogos entre nuestras ideas acerca de lo que es la belleza y la aritmética del Universo. La serpiente voladora escondía el secreto de la consonancia musical, pero hicieron falta más de veinte siglos para que tengamos las herramientas que nos permitieron saberlo, siglos durante los que seguimos escribiendo poesía y haciendo música.

Los humanos evolucionamos para encontrar patrones, y es imposible que dejemos de querer descubrirlos. En todo caso, es la naturaleza la que nos sigue confirmando que, para develar sus secretos, quizás sólo hace falta leer a nuestros mejores poetas.

[1] La Española, isla del mar Caribe en la que actualmente se ubican los estados de Haití y República Dominicana.

Compositor / En este espacio reflexiono sobre sonido, música y sentido.

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