La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai

Proust se refiere al mar como “el quejumbroso antepasado de la Tierra en busca de su agitación lunática e inmemorial, como en los tiempos en los que no había ningún ser vivo”, y Murray Schafer usa esa cita para empezar su historia cultural y social del sonido El Paisaje Sonoro y la Afinación del Mundo.

No es extraño -de hecho resultó ser bastante acertado- pensar en el mar como el rumor de nuestros antepasados. Recientemente se lograron reproducir en un laboratorio las condiciones que abonan una de las hipótesis científicas más plausibles sobre el origen de la vida en la Tierra, que sostiene que los ingredientes para la aparición de las primeras formas de vida en nuestro planeta pueden haberse formado hace 4000 millones de años en el fondo del mar.

Más que antepasados quejumbrosos, esas primeras formas de vida eran un rumor, pero el mar, “el siempre mar, ya estaba y era”, como escribió Borges en su poema, que bien podría servir como introducción al paper en el que se anuncian los resultados de ese experimento. El poema tiene, además, un gran potencial acústico, porque presenta al mar como un “violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra”, y empieza así:

“Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.”

¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?”

Antes que el tiempo se acuñara en días, el mar con su constante rugir era una unidad indivisible -de tiempo y de sonido. El “antes” de Borges es el antes de que existiera una especie capaz de dividir ese tiempo y organizarlo -y organizarse- según un sistema arbitrario de subdivisiones de las que la religión es, en gran parte, la primera institución regidora.

La iglesia demarcó el tiempo con sus campanarios y, a través de su poder para hacer ruido, reguló la vida en las aldeas trazando también un límite entre lo que era o no civilización.

“La asociación de los relojes con las campanas de iglesia no fue fortuita en manera alguna, ya que el cristianismo había proporcionado la idea rectilínea del tiempo como progreso […] con un punto de partida (la Creación) […] y un final profético (el Apocalipsis)” observa Murray Scchafer en su libro El Paisaje Sonoro y la Afinación del Mundo.

La historia del poder para hacer ruido está documentada en el libro de Schafer, y se desplaza de la iglesia a la industria cuando durante la revolución industrial aparecen las máquinas a vapor con su emisión constante de lo que se reconoce como la aparicion de una línea plana de sonido que irrumpe en el paisaje sonoro natural. Una emisión maquinal, un tono monótono y constante que no se parecía a nada que se hubiera escuchado antes. Pero detrás del rugido de los motores de la revolución industrial, observa Steven Johnson en How We Got to Now, “había un sonido más suave por todos lados, aunque igualmente importante: el tictac de los relojes de péndulo, que marcaban la hora en silencio.”

El reloj organiza y la máquina produce. El hombre introdujo subdivisiones estables de tiempo, aparatos que regulan su actividad, y se puso al servicio de sus creaciones. El mar, mientras tanto, sigue rugiendo a su propio tiempo.

El hombre es experto en dividir y compartimentar. La división del tiempo en ciclos está registrada en grabados de las civilizaciones neolíticas que observaban el movimiento -aparente- de los astros en el cielo y registraban los ciclos del sol y la luna. Esos primeros bocetos tallados en piedra eran nuestros primeros intentos de entender el cosmos del cual nos sentimos -y somos- parte.

Pensarnos en consonancia con ese cosmos nos hizo encontrar patrones y correlaciones aún allí donde no las había, y esas tradiciones de pensamiento nos legaron un cuerpos de reflexiones, hipótesis, escritos, grabados y poesía tan bello y vasto al que muchos estudiosos dedican su vida aún hoy. Esa idea es la de encontrar una correlación sonora con la estructura el universo se remonta a toda una tradición especulativa anterior a la división entre las ciencias y las artes, y se encuentra en muchos textos de pensadores como Platón, Pitágoras, Ptolomeo, Johannes Kepler y el propio Newton. Esos modelos en los que los planetas tenían sonidos o las órbitas se correspondían exactamente con ciertas armonías musicales han sido desbancados por la astronomía moderna, pero nos dejaron una invaluable tradición de pensamiento que no distingue la matemática de la filosofía, la poesía o el arte, conocida como la Armonía de las Esferas. En ella se especula con el sonido sagrado de las esferas celestes a partir de las proporciones matemáticas de sus órbitas y otras observaciones. El conocimiento que se tenía del Universo entonces era mucho más acotado y compartimentado, y los pensadores se permitían especular sobre la música de los planetas.

La idea de que el sonido, el cosmos y lo sagrado están vinculados tiene un arraigo muy profundo en nuestra cultura, y permanece como una fuente de imágenes poéticas de la que se nutren muchas expresiones. Basta con repasar la poesía y la música de todas las épocas para encontrar que esa relación es todavía una fuente de metáforas y alegorías. Leonard Cohen, en Hallelujah, habla del acorde secreto que conocía David para complacer al Señor.

Pero Dios ha muerto muchas veces en el Siglo XX. “La matematización de la música, la musicalización del sonido y la estetización del ruido podrían, a cierto nivel, ofrecer ejemplos de la desacralización de lo divino y del final de la adoración”, concluye Frances Dyson en The Tone of Our Times, entendiendo que el camino para darle sentido a la existencia había sido reemplazado por un camino para entender la naturaleza de la existencia. El Big Bang como reemplazo de la idea de la creación.

En el siglo XXI, uno de los gritos más bellos y poéticos que dio la música en relación a la idea de la muerte de lo sagrado es el álbum Heathen de David Bowie. Como parte de esa obra conceptual, el arte diseñado por Jonathan Barnbook es una puerta de entrada a la idea central: la desacralización. Entre las fotos del libro que acompañan al disco se ven los lomos de tres libros: la Teoría Psicoanalítica de Freud, la Gaya Ciencia de Nieztche y la Teoría General de la Relatividad de Einstein, una trilogía que podría completarse con El Origen de las Especies de Darwin, o cualquier literatura que ponga en jaque la idea de Dios. La primera canción del disco se titula Sunday, y parece la descripción de una escena post-apocalíptica:

“Nothing remains
We could run
When the rain slows
Look for the cars or signs of life
Where the heat goes

(“Ya no queda nada / Podríamos correr / Cuando la lluvia cese / Buscar autos o señales de vida / Allí donde va el calor”)

Leída hoy, en el contexto de la pandemia que tiene al mundo en vilo, la letra adquiere un significado que antes no hubiéramos pensado. Ahí donde los escenarios de la humanidad cambian, desplazándose de uno a otro, está el sonido del mundo dando cuenta de esos cambios, con un nuevo rugido que reemplaza -o acaso opaca- al anterior porque es más fuerte. Hoy el nuevo rugido es el silencio.

Murray Schafer distinguía entre paisajes sonoros de alta fidelidad -aquellos en los que prevalecía el silencio y era posible distinguir los sonidos más sutiles- y de baja fidelidad -aquellos muy poblados de sonidos en los que es difícil acceder a esas sutilezas. En el nuevo escenario estamos quietos y el paisaje sonoro del mundo, por el momento, ha aumentado su fidelidad, haciendo lugar para sonidos que habíamos dejado de escuchar. El pulso de las cosas más pequeñas, el corazón de las ardillas, el ruido del pasto al crecer, y también el rumor del mar royendo los pilares de la Tierra.

Quizás esta nueva primavera silenciosa, este compás de espera, es una oportunidad para componer un paisaje nuevo, extrayendo del silencio un sonido del mundo diferente al anterior, uno con un tiempo que no esté compartimentado, uno que emerja de la necesidad de buscar señales de vida, de darnos cuenta de que cada cosa que hacemos está inevitablemente ligada al destino de todos y de que un rugido no calla al anterior sino que se añade y que, eventualmente, el ruido del mundo podría aturdirnos.

La letra de Sunday sigue con el siguiente verso:

“Everything has changed
For in truth, it’s the beginning of nothing
And nothing has changed
Everything has changed”

(“Todo ha cambiado / Porque, a decir verdad, es el comienzo de nada / Y nada ha cambiado / Todo ha cambiado”)

Cada vez que el escenario cambia, cada vez que los centros de poder se desplazan cuando el mundo tiembla, hay una posibilidad de transformar el ruido sagrado en un sonido nuevo.

No sólo quisimos conocer el universo, también quisimos oírlo o, al menos, permitirnos imaginar que tenía un sonido y estaba en consonancia con las armonías de nuestras artes musicales. Finalmente descubrimos que el Universo no sólo no suena como nuestra música, sino que es completamente indiferente a ella. Quizás lo más lindo de la experiencia de pasar por este mundo sea el ejercicio de intentar explicarla y, al mismo tiempo, darle sentido antes de volver a ser uno con rumor el mar.

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Compositor / En este espacio reflexiono sobre sonido, música y sentido.

Compositor / En este espacio reflexiono sobre sonido, música y sentido.